Estas dos formas de pensar las tecnologías y estos nuevos territorios "virtuales", ¿cómo responden a las desigualdades sociales?
La tecnología puede reproducir la lógica de la exclusión, la exclusión digital —el término que usamos es "divisoria digital"—, o puede ser utilizada para disminuirla. Por supuesto que la introducción de este nuevo producto en el mercado, propulsada por la difusión de Internet, que permitió que organizaciones globales, empresas e industrias tuvieran una coordinación global para el control de la producción y los recursos de una manera que antes no tenían, no va a contribuir por sí sola a cerrar la divisoria digital y socioeconómica. Lo que sí podemos ver es que la incorporación de esta poderosa herramienta puede ayudar de manera formidable a recrear la solidaridad, fortalecer los vínculos sociales e inaugurar nuevas formas de ciudadanía, o al menos ejercer las que existen.
¿Qué ejemplos tenemos de una utilización de estas tecnologías para fortalecer los sistemas democráticos?
Un ejemplo claro es el del llamado "gobierno electrónico". Es el rótulo general dentro del cual hay distintos componentes en juego: "e-gobierno" que se limita a tomar lo que hay en papel y pasarlo a soporte electrónico, información, reglamentaciones, normas, formularios. Después está el "e-gobierno" en el que uno puede ir a la computadora para obtener la licencia de conducir o pagar impuestos. Y el siguiente paso es el de la "e-gobernabilidad", donde las personas que irán a votar en una elección han estado dialogando, los campesinos que se preocupan por el tema del agua o la próxima cosecha discuten sobre la cuestión, donde están los que se preocupan y dialogan sobre la educación, o los que se movilizan en contra de una medida que los afecta. Esta última impulsa el proceso político a ser más abierto y fortalece la agenda ciudadana por sobre la de los intereses creados o de grupos de poder.
También hay opiniones contrapuestas sobre si los vínculos que se generan en esas redes virtuales debilitan o fortalecen los lazos sociales.
Depende del área en torno de la cual giran los lazos virtuales. Por ejemplo: Argentina, como muchos países, invirtió mucho dinero público para construir telecentros comunitarios, un lugar al que puede ir la comunidad y aprender algunos conocimientos prácticos. Pero la mayoría fueron un fracaso, no pudieron sostenerse. No había recursos o no fueron muy exitosos. Allí donde funcionaron, no se aprendieron las lecciones para llevarlas a otra parte. Pasaron dos cosas: una es que la idea fue mal planeada y la otra es que no había ningún aprendizaje tangible. Al mismo tiempo, en esas mismas localidades, actualmente hay cafés con Internet, comercios dirigidos por una empresa telefónica, con una franquicia, manejados por alguien que vende café y empanadas. Esos funcionaron mejor y en general los usan los jóvenes. Pero lo que ocurre es que los usan para mandar e-mails y chatear; es más entretenimiento que educación. El desafío es que los telecentros hagan pensar en la comunidad: ¿cuáles son los recursos necesarios? Que la comunidad vea, por ejemplo, una manera de mejorar su salud, sus escuelas, sus servicios públicos. Lo que pasó es que un organismo simplemente montó el telecentro y dijo: vengan. Para trabajar inclusivamente hace falta una estrategia. Y la estrategia tiene que partir de cómo lo usamos para desarrollar los conocimientos y el aprendizaje de una comunidad, no sólo de un individuo sino de la comunidad.
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