Es posible percibir, como área de especial preocupación, las crecientes desigualdades que existen entre personas y naciones.
Sí. Y son cambios muy reales. Si usted observa el crecimiento de los ingresos en los Estados Unidos, durante los últimos 20 años, comprobará que ha correspondido al 20 por ciento de la población, el de nivel económico más alto; el 20 por ciento siguiente está más o menos en la misma posición: no ganó ni perdió; en tanto que el 60 por ciento restante, compuesto por los más pobres, sufrió una disminución de sus ingresos.
Eso no es compatible con la tradición norteamericana. Históricamente, cuando la economía crecía, la mayoría de las familias tenía acceso a los beneficios de ese crecimiento.
¿Se trata del efecto residual del viejo modelo?
No. Creo que es un proceso continuo, y que obedece a cuatro fenómenos.
Primero: una economía global que todavía no ha llegado al punto de equilibrio.
Segundo: el cambio tecnológico ha producido un gran impacto en el ambiente laboral; el trabajo que realiza el personal mejor pago, por ejemplo, ya no recae en meros egresados de la escuela secundaria.
Tercero: con el fin de las amenazas del comunismo y del socialismo es posible encontrar organizaciones capaces de imponer contratos sociales más duros.
Cuarto: una política nacional que reduce los salarios, regida por la idea de que no se puede tener un crecimiento superior al 2 por ciento sin inflación, lo cual significa que los salarios reales van a bajar, o que el desempleo va a crecer.
Si no tenemos un capitalismo socialmente responsable, ¿no terminaremos por demostrar, una y otra vez, que Marx tenía razón?
Puede ser. Pero la solución marxista está tan desacreditada en la actualidad, que cada vez es más difícil encontrar gente dispuesta a apoyar sus argumentos.
Y los capitalistas sólo son socialmente responsables cuando temen que alguien cuestione seriamente su pensamiento. Sin embargo, como han dejado de tener miedo, están volviendo al capitalismo del siglo XIX, basado en la "supervivencia de los más aptos".
Esta tendencia significa, también, desmantelar el sistema de bienestar social, porque se percibe que la amenaza de las alternativas radicales es mucho más débil ahora. En 1970, el CEO promedio de los Estados Unidos ganaba 35 veces más que el trabajador de menor salario de la organización; hoy cobran 216 veces más, y nada indica que esta tendencia vaya a cambiar.
¿Se justifica esa diferencia de salarios en función de su aporte intelectual, o de cualquier otra naturaleza, al éxito de la organización?
No. En parte, porque los CEO se fijan sus propios sueldos. Pero, ¿dónde están las presiones que pesan sobre ese tema? Han desaparecido; de algún modo porque desaparecieron las amenazas, pero también porque el llamado neoliberalismo legitimó ese tipo de comportamiento.
Bajo ese crudo contexto, ¿cuál es el papel de los sindicatos?
La fuerza laboral no va a aceptar esta situación indefinidamente. Lo sorprendente es el largo tiempo que está llevando ese proceso. Los salarios de los hombres vienen cayendo desde 1973, y los de las mujeres desde 1981. En consecuencia, no es un fenómeno reciente.
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