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Miércoles - 13.Diciembre.2017

Del origen de la miniaturización japonesa

José Enebral Fernández
En este caso también en la propia web de Sony, pero, en general, podemos encontrar en Internet aleccionadoras historias sobre la innovación, que pueden orientar nuestros esfuerzos a este fin, tras la prosperidad de las empresas.

Recordemos los orígenes dela denominada “miniaturización japonesa”, que tanto nos sorprendía hace ya 50 años.Hay desde luego que destacar la gran intuición de Akio Morita y Masaru Ibuka, fundadores de una pequeña empresa llamada Totsuko (más tarde Sony), en diferentes proyectos a lo largo de su trayectoria; pero en estos párrafos enfocaremos la aparición de aquellos primeros receptores de radio, fabricados con transistores. Como se sabe, el transistor fue desarrollado en los Laboratorios Bell de la Western Electric, en Estados Unidos, en 1947; los americanos, sin embargo, no parecieron imaginar todas las posibilidades y estudiaban entonces idóneas aplicaciones para la industria militar.Pero, en 1952, Ibuka viajó a Estados Unidos y se interesó por el invento.

 

No fue un viaje nada sencillo para Ibuka, y ni siquiera podía comunicarse fluidamente en inglés; tuvo que buscar apoyo en Nueva York y lo encontró en Shido Yamada, que además le puso al corriente de la posibilidad de hacerse con la licencia de los nuevos dispositivos desarrollados por la Western Electric. Hombre extraordinariamente intuitivo, Ibuka, después de muchos días y noches pensando en ello, incubó una íntima convicción: a pesar de las dificultades que suponía para una empresa todavía modesta, valía la pena apostar por este avance tecnológico, que resultaría revolucionario.

 

Totsuko acabó adquiriendo por 25.000 dólares la licencia de fabricación de estos pequeños dispositivos electrónicos, llamados a sustituir a los tubos de vacío; con ellos, Morita e Ibuka decidieron fabricar pequeños receptores portátiles de radio, en los que nadie parecía haber depositado todavía muchas expectativas. Fueron numerosos los obstáculos encontrados por ambos fuera y dentro de su país, pero estaban convencidos de ir por buen camino, y de disponer de la tecnología y el capital humano precisos; de modo que no cedieron en su empeño y encararon el desafío.

 

En efecto, pronto se formó un equipo pionero del que podemos recordar a su director, Kazuo Iwama—el hombre adecuado, casado por cierto con Kikuko, hermana menor de Morita—, y a técnicos decisivos como Tsukamoto, Iwata, Akanabe, Yasuda y otros más (no podemos citar a todos). En 1955 salió el producto al mercado y constituyó un éxito sin precedentes; un año después, Totsuko (que así se llamó Sony hasta 1958) ya exportaba sus radios de transistores a Europa y Norteamérica. En 1957, el modelo TR-63, que era bien pequeño comparado con los receptores tradicionales, causó un grandísimo impacto y vino a anunciar lo que conoceríamos como la “miniaturización japonesa”.

 

La intuitiva apuesta de los fundadores no había fallado, ni había fallado el equipo, ni lo había hecho nadie en la compañía. El mundo se inundó en poco tiempo de estos pequeños aparatos radiorreceptores, enseguida fabricados también por otras compañías. Más tarde, ya en los años 70, llegó también el Walkman, otra gran idea de Masaru Ibuka. Recordémoslo: a veces los propios investigadores no alcanzan a ver las posibilidades de sus inventos, y ha de llegar una mente intuitiva y emprendedora que lo haga. Desde su fundación, Totsuko-Sony se había propuesto contribuir al bienestar de la sociedad desde el mejor uso de la tecnología.

 

De esta historia, como de otras muchas (en empresas innovadoras de las últimas décadas, tales como Apple, Nestlé, Toyota, Nokia, Wal Mart, 3M, Diebold, Procter & Gamble, Inditex, Velcro, RCA, Microsoft, McDonald´s, IBM, Coca Cola, Helena Rubinstein, Google, Banco de Santander, Telefónica, Starbucks, Goodyear, Eisai, etc.), cabe extraer conclusiones aleccionadoras de cara a la innovación genuina que demanda la economía del siglo XXI. Sin menoscabo del brainstorming cuando resulta idóneo y se despliega debidamente, veríamos que la innovación de éxito puede tener su génesis (en la empresa y sin olvidar la I+D) en la casualidad bien aprovechada, en la experimentación tenaz, en el pensamiento lateral, analítico, conectivo, inferencial y abstractivo, en alguna de las manifestaciones de la intuición, e incluso en algún fracaso.

 

En efecto, pueden resultar útiles a determinados fines las diversas técnicas de creatividad que se postulan en los cursos tradicionales, pero hay, por ejemplo, numerosas grandes innovaciones que debemos a la casualidad (serendipidad): el horno de microondas, el caucho vulcanizado, el teflón, el pegamento de cianoacrilato, la aspirina y otros muchos fármacos, el celofán, el rayón… Obviamente, con la casualidad ha de coincidir un individuo perspicaz, sagaz, que establezca análisis, conexiones, inferencias, abstracciones… Otros logros pueden relacionarse con la tenacidad, el ensayo, la hipótesis, el pensamiento reflexivo y crítico, el cultivo de la intuición auténtica y, desde luego, la cultura de la empresa, desplegada para catalizar la expresión del capital humano.

 


Contenido enviado por: Nanfor Ibérica
Etiquetas: innovación
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Autor: José Enebral Fernández
Enviado porJosé Enebral Fernández- 02/06/2009
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Comentarios

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Muy interesante
Muy interesante, Pepe. Yo estuve de profesor universitario en Japón un tiempo y me di cuenta de lo sumamente profesionales que son allí. ¡Son perfectos! Copian la tecnología de fuera pero la copian tan perfectamente que la mejoran.
Me ha gustado mucho el artículo. Felicidades.

Íñigo Babot
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