El trabajador a que nos referimos no siempre está lógicamente en estado de concentración fluente; pero sí debe cubrir el salto existente entre el saber y el hacer, mediante elementos competenciales y volitivos. A menudo, además de hablar de la capacidad y la actitud, lo hacemos de la motivación, e incluso se distingue entre la intrínseca y la extrínseca para destacar el singular poder estimulador de la primera; pero el trabajador del saber necesita a veces algo más en su empresa: confianza en que vale la pena lo que hace: fe.
¿Es sensible el lector a la importancia de creer en lo que se hace? Cuando decimos que la profesionalidad caracteriza a este trabajador, estamos subrayando precisamente esto: no le gusta hacer chapuzas, le gusta hacer las cosas bien porque cree en las cosas bien hechas. Me contaba un trabajador de gran empresa que lo que peor había llevado en su extensa trayectoria había sido, aparte de que lo tomaran por tonto a veces, que le obligaran a hacer chapuzas por mor de la urgencia o la falta de presupuesto; seguramente cabe compartir este sentimiento. Puede que haya que conciliar en ocasiones la profesionalidad con distintos condicionantes, pero ningún directivo o mando debería preterir los sentimientos de los trabajadores, ni olvidar el hecho de que el mercado acaba castigando la falta de profesionalidad.
Un innovador
Nuestro trabajador es también un innovador. A la innovación se llega a través de la investigación, del análisis, del aprendizaje, de la imaginación, del esfuerzo y aun de la casualidad; pero se llega casi siempre desde el conocimiento. Debemos saber bien que ya existe la rueda, y pensar luego en cómo hacerla girar de la mejor manera. Sí, pensar forma parte del trabajo cotidiano, y todos hemos de desplegar el pensamiento conceptual, analítico, sintético, reflexivo, sistémico, crítico, divergente, conectivo…, y cultivar facultades como la abstracción, la intuición genuina, la sagacidad y la creatividad.
¿Qué papel juega, por ejemplo, la intuición en la innovación? La intuición, en sus diversas manifestaciones, está detrás de numerosos descubrimientos científicos en diferentes campos (vacunas, neurotransmisores, avances de la física, etc.), de importantes patentes industriales, de progresos y avances sociales diversos. Pensemos en la obsesión con que los investigadores se empeñan en seguir determinadas direcciones en su trabajo; en las claves proporcionadas por oportunos sueños; en los hechos casuales que han venido a iluminar a mentes perspicaces. En la actividad empresarial cotidiana, el trabajador del conocimiento precisa de buenas y frecuentes ideas valiosas, agradece las súbitas conexiones entre elementos que no conseguía relacionar, genera creativas soluciones a las nuevas demandas que aparecen.
¿Qué papel juega, también por ejemplo, la abstracción en la innovación? Recordemos el caso de Genrich Altshuller. En 1946, trabajando en Baku (Azerbaiján), en el departamento de patentes de la Marina soviética, con apenas 20 años de edad, tuvo ocasión de estudiar los inventos registrados —aquello sí fue un ejemplo de gestión del conocimiento, cuando aún no se utilizaba la expresión— desde su convicción de que “un problema está demandando respuesta creativa cuando su solución más inmediata genera la aparición de otro problema”. Sus oportunas abstracciones nos permitirían, en efecto, acabar contando con una guía de actuación metódica tras la innovación; con un método (TRIZ) que, al final de los años 60, acabaría asombrando a los más prestigiosos inventores de la URSS, y luego al resto del mundo.
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