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Creo que hay varios debates abiertos en torno al e-learning en las empresas: uno de ellos apunta al complejo asunto de los contenidos, y a su sintonía con las circunstancias y expectativas de los usuarios. Habrá otros debates y otros puntos de vista, pero a uno le parece que los protagonistas del sector tratan de desviar la atención sobre los contenidos en favor de la metodología, de la motivación, del contexto, de la estrategia, del seguimiento tutelar... Algo se nos quiere decir al tratar de relativizar la contribución de los contenidos al aprendizaje, y vale la pena reflexionar al respecto. Podemos estar asistiendo a una especie de reingeniería del e-learning, que, en su caso, habría de sintonizarse con la propia reingeniería del aprendizaje permanente en las empresas, alineada, a su vez, con el competency movement y los niveles de Kirkpatrick.
Los contenidos de calidad y eficacia resultan caros si se desarrollan a medida, pero si los contenidos no son satisfactorios, los usuarios de grandes empresas, acostumbrados a la formación presencial, acabarán rechazando el método. Uno está convencido de que el doble de calidad didáctica no elevaría el precio más allá de un 20 ó un 25%. Bien está el blended learning, porque casi nadie pensó que el e-learning fuera a sustituir a otros métodos, sino a complementarlos; pero quizá esa no es la respuesta, para la demanda de calidad de los cursos on line. Nos parece que, en su caso, el déficit de calidad de los mismos no debe ser compensado por la formación presencial, sino que la parte on line debe ser eficaz en la consecución de sus propios objetivos parciales, como debe serlo la parte de aula, de lecturas recomendadas, de coaching, etc.
on line, unos contenidos son multimedia e interactivos y otros no tanto; en unos se aprecia carga didáctica y en otros no tanto; se empieza a hablar de la googlelización del e-learning... Este articulista ya no sabe si, además de ser un emergente business, el e-learning es un método o un medio. Inicialmente, pensé que e-learning era enseñanza programada servida por ordenador, pero ahora ya no sé si leer un artículo en pantalla es también e-learning. ¿Y si lo imprimo antes de leerlo? Obviamente, todo vale si contribuye a un aprendizaje eficaz y atractivo. A este articulista le importa más el fondo (lleno de rigor y didacticismo, y alineado con las necesidades del usuario) que la forma, lineal o interactiva, de los contenidos on line (una vez alcanzado el suficiente atractivo). Soy, desde mi modesto punto de observación, partidario de dividir la formación por contenidos (conocimientos, habilidades, actitudes...) y no tanto por métodos (c-learning, e-learning, coaching...).
Si todavía no nos ponemos de acuerdo sobre a qué llamamos e-learning, sospecho que tampoco coincidimos al hablar de contenidos. Cuando empecé a diseñar Enseñanza Asistida por Ordenador (EAO) en los años 80, mi referencia próxima era la denominada “enseñanza programada” impresa. Tuve la fortuna de formar parte de uno de los equipos pioneros en España en EAO y VDI (Videodisco Interactivo) y mi concepción del aprendizaje autoconducido era entonces muy básica (no había campus virtuales). Yo redactaba un manual del alumno para su lectura unidad a unidad, disponiendo al final de cada una un diálogo usuario-PC (en aquellos floppies), que venía a suponer un refuerzo y una autoevaluación del aprendizaje. Había pantallas de menú, de información... y también pantallas de pregunta, en que el usuario debía elegir entre las respuestas ofrecidas. El sistema reaccionaba a cada opción, reforzando el acierto o explicando los errores. Recuerdo que lo costoso era redactar las respuestas (A, B, C...) a cada pregunta, de modo que, huyendo de lo banal, no se perdieran oportunidades de aprender. Los propios docentes disponíamos de las herramientas de autor necesarias (hablo de la segunda mitad de los 80).
Mis últimos trabajos (2000-2002, en desarrollo de competencias para directivos) correspondían ya a la etapa on line, y, al menos en los proyectos en que participé, no se preparaban manuales impresos para el alumno. El contenido programado se servía on line, aunque había también lecturas recomendadas a disposición del alumno –artículos, informes, etc.– y, a menudo, consultas a un tutor. Cada cliente (grandes empresas) tenía su modelo específico de aprendizaje on line, aunque sin grandes variantes, salvo las derivadas del grado de implantación del modelo de competencias. He oído hablar de “libros electrónicos” o e-reading, pero nuestros diseños eran multimedia e interactivos. Recuerdo la petición de un curso on line para el desarrollo del compromiso en los directivos de una gran empresa; no sabía qué decir y tuve que hacerme un mapa mental al estilo de Tony Buzan, de los que ponen a prueba el pensamiento conceptual. Tras las 2 horas del curso, los usuarios podían descifrar el significado del compromiso, su génesis y sus manifestaciones, pero poco más... Yo diría que a este tipo de cursos debería seguir un esfuerzo de autoevaluación y reflexión-introspección, para encarar los necesarios avances.
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