Aunque no siempre nos satisfagan los contenidos encontrados, el e-learning constituye un método inexcusable para el aprendizaje permanente en la economía del conocimiento y la innovación: un método que puede ser mejor visto por los usuarios.
Vivimos en las empresas importantes cambios que apuntan, entre otros propósitos, a un orquestado empowerment de los trabajadores. Todos estamos, en general, asumiendo mayor responsabilidad y autonomía en el desempeño profesional. Este nuevo protagonismo está llegando también —y quizá especialmente— al esfuerzo de mejora continua de nuestro siempre perfectible perfil de competencias: somos bien conscientes de que de ello depende nuestra trayectoria laboral.
Dentro de la formación continua puede hablarse ya, ciertamente, de un visible empowerment del alumno: una tendencia que, en realidad, alcanza igualmente a otros segmentos de la enseñanza. En este emergente panorama de la Sociedad de la Información, el aprendizaje autoconducido y servido por ordenador constituye un método muy potente, que resulta especialmente indicado en muchos casos. Podemos cuestionar la eficacia de los contenidos ofrecidos en ocasiones, pero el método, es decir, el soporte de las TIC al aprendizaje continuo, parece irreversible.
La información es nuestra materia prima y el ordenador es a menudo nuestra herramienta de trabajo; a veces, es incluso nuestro profesor particular: los cursos por ordenador son ya habituales. Sin que pueda sorprendernos, las empresas buscan fórmulas dinámicas, eficaces, económicas, flexibles y versátiles que faciliten el continuo aprendizaje y desarrollo de sus personas. Los ejecutivos cuentan con la voluntad intrínseca de aprender por parte de todos los trabajadores, y desean que el aprendizaje conviva, lo mejor posible, con la actividad cotidiana. En la práctica —como alternativa o complemento a los métodos tradicionales—, el aprendizaje autoconducido está creciendo en todo el mundo, y especialmente cuando se apoya en el ordenador; observemos esta modalidad detenida y amablemente.
Aspectos actitudinales
El aprendizaje se materializa mediante dos tipos básicos de comunicación: comunicación persona-persona, y comunicación persona-información. Cuando hablamos de formación a distancia y aprendizaje autoconducido, es decir, de estudio personal, pensamos sobre todo en la comunicación individuo-material didáctico: una comunicación que puede resultar muy sensiblemente enriquecida por el avance tecnológico. En efecto, entre un libro y un texto on line hay una sensible diferencia de potencial didáctico: sin duda, el curso on line es, técnicamente, bastante más interactivo y bastante más multimedia que un libro, y debería ser también más estimulante, y generar en nosotros una actitud especialmente proactiva.
Recordemos que el estudio personal demanda una cierta dosis de disciplina propia y, en cada ocasión, una adecuada disposición del individuo: un estado de oportunidad, motivación y concentración. Una de las mayores dificultades que se declaran en relación con el aprendizaje en el puesto de trabajo, son precisamente las interrupciones (algo que también puede suceder en casa). Y no es necesario insistir en el aspecto de la motivación intrínseca: sin ella, difícilmente progresaríamos en el aprendizaje. Hemos de ser bien conscientes de la necesidad de formación que tratamos de solucionar, y hemos de ser también capaces de desconectarnos del resto de tareas y concentrarnos en el esfuerzo de aprender.
Esta idónea disposición a que nos referimos es quizá más necesaria para el individuo cuando el estudio se lleva a cabo ante el ordenador; lo es porque el diálogo ante la pantalla del ordenador —especie de profesor muy particular— es visiblemente más intenso que ante un libro tradicional (esto último suele parecer más bien un monólogo) y requiere mayor atención. A cambio, podemos aprender en menos tiempo; pero lo cierto es que el método nos demanda elevada atención y participación: demanda una actitud específica.
Aspectos mediáticos
La pantalla del ordenador es un escenario de características muy singulares, cuya psicología quizá no se ha considerado todavía en suficiente medida. Podría hablarse, en efecto, de una cierta psicología del aprendizaje ante el ordenador. El alumno asume un papel especialmente activo y los mensajes que recibe son multimedia (textos, dibujos, sonido, animación, vídeo... ). Este diálogo puede atraer y mantener la atención del usuario si el curso está suficientemente bien concebido. Los buenos creadores de sistemas interactivos para el aprendizaje y desarrollo personal, están bien familiarizados con las actitudes y reacciones previsibles de los usuarios, y dirigen los mensajes no sólo a su memoria o raciocinio sino también a sus sentimientos o emociones. Si el arte del buen docente está presente en el diseño, el curso consigue enganchar al alumno hasta el final, y satisfacer sus expectativas de aprendizaje. Esta magia del buen profesor no puede ser sustituida por alardes tecnológicos: resulta decididamente imprescindible.
Pero hay ciertamente una técnica de utilización del medio (del mismo modo que hay, si se acepta el ejemplo, una técnica de hacer cine que va más allá de seguir un guión). En su diálogo, el alumno es sensible no sólo a las ideas que intercambia con el ordenador y al lenguaje que se utiliza, sino también al cromatismo empleado, a la semiótica propia de la pantalla (símbolos, gestos, etc.), a la conjunción o sinergia de los media, al reto de aprendizaje que percibe... El alumno agradece en el ordenador un feedback bien formulado, alguna medida de stroking o refuerzo emocional, una cierta empatía y hasta algún punto de complicidad; en definitiva ha de producirse una inteligencia mutua entre alumno y ordenador. El alumno debe aprender de manera eficiente y debe sentirse satisfecho mientras lo hace. El método conseguirá fidelizar a muchos de nosotros, si estas condiciones se cumplen.
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