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Viernes - 24.Noviembre.2017

2013: tras una responsabilidad social auténtica de las empresas

José Enebral Fernández

 

José EnebralJosé Enebral

 

En las organizaciones suenan periódicamente nuevos mantras (calidad, innovación, liderazgo, dirección por objetivos, reingeniería, orientación al cliente…), y en ocasiones advertimos pronto cómo su significado original, su esencia, sufre alguna alteración-adulteración. Cuando, en el escenario neosecular, se empezó a hablar de responsabilidad social corporativa (RSC), no se trataba de un concepto propiamente nuevo y apuntaba, más allá del seguimiento de normas y leyes (en letra y espíritu), a una actitud de servicio y compromiso ante la sociedad.

 

Podemos recordarlo. A raíz de algunos grandes escándalos (aquel de Enron, entre otros) resurgió, hará poco más de diez años, la inquietud sobre el papel de la empresa ante la sociedad; sobre lo que podía y no podía hacer en su afán de lucro. No, no valía todo para hacer negocio. Las empresas —que se servían de la sociedad para obtener sus beneficios— habrían de lucir una conciencia generativa, sinérgica, más allá del seguimiento auténtico de normas y leyes; habrían de alinearse con la profesionalidad y satisfacer las expectativas de los stakeholders.

 

Se hacía preciso, en efecto, asegurar un gobierno responsable de las empresas, y especialmente de las grandes. Esta necesidad parece crecer cada día y, aunque también haya que pedir, sin duda y con insistencia, mayor responsabilidad y acierto a los políticos (como a los medios de comunicación, a los jueces…), habríamos de contar con que las empresas contribuyan al progreso de la sociedad y nunca a su deterioro. Todo esto es complicado y la reflexión sobre la responsabilidad social de las empresas se ha venido desplegando por caminos diversos.

 

Al final, se diría que buena parte de las empresas, dando por intocable su mentalidad empresarial, por idóneas sus creencias y valores, por válidos sus métodos y prácticas, optaron por dedicar, si acaso, una partida presupuestaria, una parte de sus beneficios, a alguna acción social, a algo tangible con lo que responder ante la sociedad. Por aquí se decía que tal o cual gran empresa había invertido un cierto número de millones de euros en RSC, o en “acción social”.

 

Estas acciones sociales han resultado oportunas y positivas no pocas veces, pero, en otras ocasiones, podría hablarse de puro marketing. Por otra parte, pueden concurrir con el fraude fiscal y otrasprácticas reprobables. La primera actuación socialmente responsable de las empresas sería quizá pagar sus impuestos, sin tratar de eludir esta obligación social, pero a veces la RSC falla, sí, desde el principio, y sigue fallando con prácticas reprobables de índole diversa. No cabe en absoluto generalizar, pero existe una imagen de connivencia (entre otras connivencias) de políticos y empresarios, que conduciría a la impunidad de estos, acaso solo evitada por el escándalo social.

 

Siempre ha habido desde luego empresarios de conciencia social auténtica y generadores de prosperidad en su entorno, incluso con apreciable autotelia en su actividad y orientación al bien común; empresarios que han percibido los beneficios como una consecuencia y no tanto como un objetivo que haya de relativizar otros. Seguramente eran conscientes, además, de que con esa actitud alentaban la mejor expresión profesional de sus colaboradores y los mejores resultados para todos. No obstante, aquellos escándalos de grandes empresas, como otros posteriores, muestran otro perfil de empresarios. Manifiestan un deseo extendido de conseguir beneficios a toda costa y toda prisa, y a este fin se ha recurrido ciertamente a actuaciones tales como el engaño al mercado, a los clientes, a los trabajadores, la compra de voluntades, la metódica elusión de impuestos o el daño medioambiental.

 

Como gran contribución social, los empresarios han lucido tradicionalmente la creación de puestos de trabajo, y sin duda ha de reconocerse y valorarse esta aportación vital a nuestra sociedad (que, a su vez, les aporta clientes, razón de ser). No obstante, podemos decir que la contratación parece resultar cada día más ventajosa para aquellos y menos para los trabajadores. Podemos incluso decir que la última reforma laboral, de momento, ha facilitado más el despido que la contratación.

 

Se espera algo más de no pocas empresas, y especialmente de los bancos, y habría de erradicarse la irresponsabilidad social allá donde resultara patente. Una gestión efectiva tras la prosperidad, una moderación en las diferencias salariales, un sólido alineamiento con la ética, unas idóneas relaciones laborales… Todo esto, con o sin obra social, con o sin patrocinios o mecenazgos, formaría parte de la “responsabilidad social” y parece ciertamente exigible a las empresas, en mayor medida en la actualidad.

 

Sí, cabría aludir a un alto grado de avaricia, de afán de lucro personal y desmedido, bastante extendido en las últimas décadas entre empresarios y ejecutivos de muchos países. Han sido demasiados los que querían estar entre los que más se enriquecían, sin importar los medios y aun a costa de sus empresas. Clientes, proveedores, accionistas y trabajadores —ciudadanos, en general— han venido siendo los scapegoats, los que han pagado el pato de la codicia de no pocos ejecutivos. El propio Peter Drucker veía con horror esta realidad y así lo declaró.

 

En definitiva, se hacía precisa una llamada a la ética y también al compromiso con la sociedad; un compromiso que debía desplegarse sobre áreas como el empleo y los salarios, la relación con los trabajadores, la calidad y el precio de los productos y servicios, las obligaciones fiscales, el cumplimientos de las normas y leyes, el marketing, las relaciones comerciales, el impacto sobre la Naturaleza o la profesionalidad cotidiana. A menudo se piensa que quedan impunes las frecuentes irregularidades en estas áreas.

 

Si el lector asiente, la responsabilidad social es en verdad un asunto de concepto, de conciencia, de modelo ocultura empresarial, de relación con los stakeholders, con la sociedad. De la empresa se espera que su actuación resulte, sí, generativa y sinérgica, y no perversa o parasitaria; se espera que añada valor a la sociedad y no que lo reste; que procure satisfacción y aun orgullo. Las grandes empresas alcanzan un sensible grado de poder en diferentes ámbitos y, como así ocurre en muchos casos, habrían de administrarlo con responsabilidad; nunca de modo descuidado, egoísta, abusivo, coactivo, inmoral, delictivo.

Las organizaciones empresariales solo parecen esperar de sus directivos que defiendan los intereses del colectivo, que asuman con efectividad el papel de lobby; sin embargo, sería deseable, y no solo por imagen, que los representantes de la patronal fueran ejemplares como empresarios, lo que no ocurre siempre. De hecho, la salida de la crisis demanda una responsabilidad social auténtica de las empresas, empezando por el cumplimiento pleno de las obligaciones fiscales y colaborando también más efectivamente en la reducción del desempleo. Ojalá todo esto se vaya viendo en 2013, porque ello catalizaría o facilitaría la más idónea contribución de los trabajadores y de los ciudadanos en general.

 

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Autor: José Enebral Fernández
Enviado porEnebral51- 10/01/2013
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