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Organizaciones inteligentes
No lo improviso, sino que lo reproduzco de un reciente libro que he publicado. Les propongo algunos indicadores universales de la inteligencia colectiva a que me refiero. A partir de los postulados de diferentes expertos que han desarrollado sus teorías al respecto, creo que podemos atribuir buena dosis de saludable y enfocada inteligencia a una empresa que muestre los rasgos siguientes:
• Es consciente de sus fortalezas y debilidades.
• Resuelve bien sus problemas sin crear nuevos.
• Se prepara para un futuro compartido sin desatender el presente.
• Detecta oportunidades y las sabe aprovechar.
• Nutre continuamente sus conocimientos y los aplica.
• Innova de modo natural y exitoso.
• Obtiene los mejores resultados con el mínimo esfuerzo, como fluyendo.
• Previene, detecta y gestiona las desviaciones sobre planes.
• Percibe las realidades internas y externas.
• Se adapta a las nuevas situaciones.
• Ve más allá y se anticipa.
• Se dota de un espacio de ventaja sobre la competencia.
• Toma las mejores decisiones al nivel más bajo posible.
• Atiende a las expectativas de sus clientes y sus personas.
• Combina la inexcusable efectividad con el cultivo de emociones positivas.
• Evita la corrupción, la complacencia y la inercia.
• Disfruta sirviendo a la sociedad de que se sirve.
• Funciona como un todo vivo, cuyas partes se adaptan para encajar debidamente.
El lector podrá cuestionar o desplegar algún indicador, o añadir otros, y quizá prefiera hablar de organizaciones excelentes o prósperas, en vez de inteligentes; pero convendrá en que debemos disponer de una referencia, de un perfil ideal, para identificar mejor las desviaciones, trastornos o enfermedades. Para las soluciones podremos contar con senderos de actuación, pero la receta específica habrá de ajustarse muy bien a cada realidad observada. Ahora reproduzco otros de los párrafos de aquel texto mío de años atrás.
Hoy —lo escribía yo en 1999— son muchos los postulados que formulan los expertos de la gestión empresarial: liderazgo, visión compartida, valores corporativos, gestión y desarrollo por competencias, gestión del conocimiento, feedback multifuente, gestión de las relaciones con los clientes, innovación, aprendizaje organizacional… Se trata de recetas que las empresas pueden aplicar para salvaguardar su salud/efectividad frente a los cambios y crecientes dificultades del entorno en que actúan. Richard Farson, autor de “Management of the Absurd”, sostiene que cuanto más sana es una organización, es tanto más capaz de incorporar los cambios necesarios. Y Stan Gryskiewicz, autor de “Positive Turbulence: Developing Climates for Creativity, Innovation and Renewal”, declara que las organizaciones más sanas/efectivas son las que aprovechan las turbulencias como catalizadores de la creatividad y la innovación.
Ya en 2007, me gustaría insistir en que las cosas cambian mucho, y aparecen nuevas exigencias para la prosperidad de las organizaciones, y nuevos postulados de los expertos. Tanto cambian las cosas que quizá debamos revisar viejas soluciones; por ejemplo, el liderazgo pudo ser años atrás un buen remedio para la dispersión de esfuerzos, y hoy, a fuerza de insistir en él, podría estar atrayendo demasiada atención sobre los líderes y fomentando el seguidismo. Habría que ver, en cada organización, si se precisan seguidores de los líderes, o profesionales autoliderados tras metas compartidas. En suma, el concepto de inteligencia colectiva debe revisarse periódicamente en cada organización, adaptarse a ella de forma muy medida, e incorporar los indicadores específicos más idóneos.
Así como Genrich Altshuller, ingeniero de la Unión Soviética, acuñó en los años 40 el concepto de “resultado final ideal” (ИКР) para la solución creativa de problemas, todos debemos saber cuál es el ideal en el funcionamiento de nuestras empresas, para aproximarnos a él, y para mejor detectar las desviaciones y actuar en consecuencia.
Conclusión
Todas las empresas tienen problemas e incluso enfermedades; pero parece que no siempre los encaran con suficiente acierto: el cuidado de la efectividad organizacional pasa por la prevención y, en su caso, por el rápido diagnóstico y tratamiento. Ignorar la existencia de problemas no es precisamente una forma inteligente de salvaguardar la salud; dedicarse a neutralizar los síntomas, tampoco. La función directiva parece consistir, cada vez más, en diseñar y hacer el mantenimiento de las organizaciones, y quizá ya no tanto en pilotarlas. Los directivos han de hacer un permanente ejercicio de análisis, síntesis, y adaptación de las soluciones que se postulan a sus realidades próximas; esto es ciertamente difícil. Pero no basta con conservarnos sanos y efectivos: es preciso estar mental y físicamente fuertes, para, entre otras cosas, cultivar la mejora continua y la innovación. Se dice que ésta es la fórmula de la supervivencia.
He escrito este texto con cierta espontaneidad y solo pretendo contribuir a la reflexión. Sin duda hemos de salvaguardar la salud y efectividad de las organizaciones, e incluso la calidad de vida en ellas. Si a ello contribuye, cuando en un futuro próximo se complete, la referencia antropomórfica de Fernández Aguado, bienvenida sea.
[José Enebral Fernández]
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