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Lunes - 19.Febrero.2018

Pero, ¿a qué llamamos integridad?

José Enebral Fernández

Entrando en Google con los términos “integridad” y “directivos”, aparecen cerca de dos millones de resultados. Entre los diez primeros y para mi sorpresa, hay conexiones a artículos que publiqué hace bastantes años, pero también aparece un documento de la Fundación CEDE, más reciente (2011) e ilustrativo: Integridad del Directivo. Argumentos, reflexiones y dilemas. Enseguida me referiré con detenimiento a él, porque contiene un concepto de integridad que puede resultar llamativo, particular.

Pero, ¿a qué llamamos integridad?Pero, ¿a qué llamamos integridad?

Hace tiempo se publicaban, sí, en Internet (también en Training & Development Digest) algunas reflexiones mías sobre la integridad. Mi interés había surgido al final de los años 90, cuando leí Estrategia emocional para ejecutivos, de Robert K. Cooper y Ayman Sawaf. Este libro me llevó a Stephen L. Carter, y a su concepción de la integridad. La visión de este experto norteamericano me pareció penetrante y precisa, alineada con el sentir más extendido; de modo que le cité en artículos, sin dejar de introducir también manifestaciones de influyentes personas de nuestro país.

 

Para Carter, laureado experto en Derecho y Ética, la integridad —recordémoslo ya— exige distinguir entre lo que uno, meditadamente, considera justo o correcto y lo que considera incorrecto o inicuo, y elegir luego lo primero, aunque suponga algún coste personal; exige además mantenerse abiertamente en esa elección, aun en condiciones adversas y ante posibles presiones o tentaciones. Este experto sostiene que la integridad resulta cara (“integrity is expensive”), y no faltará quien piense que la corrupción viene, en cambio, pareciendo un buen negocio.

 

Creo que muchos de nosotros relacionamos la integridad con la moral y la ética, y, tal como señala el diccionario de la RAE, tenemos por íntegras a las personas rectas, probas, intachables, honradas; a personas alejadas de lo que venimos entendiendo por corrupción. Pero también llegué a otro prestigioso experto, el canadiense Ray F. Carroll: “La integridad es un rasgo de carácter que abarca las virtudes cardinales, o sea, la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza”. Asimismo sostenía Carroll que “la integridad no solo exige decir la verdad, sino también descubrirla”.

 

Igualmente recogía yo (hace casi diez años), en efecto y en mis reflexiones, pronunciamientos de personalidades de nuestro país, tales como José María López de Letona, Juan Miguel Antoñanzas, Carlos María Moreno, Antonio Argandoña, Julio Fernández-Sanguino, o Ángel González Malaxecheverría. Todos relacionaban la integridad con una actuación condicionada por la ética y la moral... Pero hasta aquí la necesaria isagoge, para referirme ya al documento de la Fundación CEDE, tan visible en Internet.

 

Ese trabajo se proponía “clarificar el concepto de integridad”. En él se ofrecen artículos de diferentes expertos, comenzando, en el primer capítulo, con Michael C. Jensen. De su contribución se deduce que la integridad consiste en “hacer honor a la palabra dada”, al margen del análisis coste-beneficio. En Internet pude encontrar más información al respecto. Jensen sostiene —atención— que la integridad no tiene nada que ver con lo bueno o lo malo, sino con la palabra dada. Esta es, y él lo admite así, una particular forma de entender la integridad; una forma que se aleja de consideraciones éticas o morales.

 

De modo que el documento comienza con el punto de vista de Jensen, que ese mismo año había recibido en España el IV Premio “Economics for Management Lecture Series” por su concepción de la integridad (al margen de la ética); un premio concedido anualmente por el IESE y la Fundación BBVA.

 

En los siguientes capítulos, otros expertos ofrecen sus puntos de vista y sí que parecen relacionar la integridad con la ética; pero, al llegar al último capítulo, se vuelve sobre la figura de Jensen y su concepción de la integridad: “La integridad no es una virtud relacionada con la ética, la moral o la legalidad, sino que es una actitud positiva (fuera del contexto normativo de la ética y la moral) que conduce a unos mejores resultados en los propósitos perseguidos. Propósitos que desde el punto de vista individual se pueden orientar hacia la felicidad y, desde el punto de vista de una organización, hacia unos mejores resultados económicos”.

Enseguida se añade, desde luego, que el “enfoque conceptual de la integridad gira alrededor de hacer honor a la palabra”. Y la argumentación continúa: “Lógicamente puede que surjan imprevistos por los que no podamos mantener la palabra, pero, para Jensen, se puede seguir siendo íntegro si se expresa claramente que no se puede mantener porque las circunstancias cambian, y se procura arreglar los daños que este cambio pueda producir”.

 

La Fundación CEDE, cuyo objetivo es “fomentar la excelencia en el desempeño de la función directiva en empresas, instituciones y organizaciones”, enfoca, al principio y al final del documento, el pensamiento de Michael C. Jensen, y ello reclamó necesariamente mi atención; pero, ¿qué dice el documento en los capítulos intermedios? Hay que señalar que la Fundación nos ofrece textos ciertamente interesantes de diferentes expertos nacionales, en los respectivos capítulos. Me interesé por ver si ellos relacionaban, o no, la integridad con la ética, lo que me parecía cuestión principal.

Ya en el prólogo del documento y como patrocinador (Siemens), Francisco Belil dice: “La integridad no es una cuestión baladí. El ser auténticos, la coherencia entre acciones y principios éticos, es indispensable para la sostenibilidad a largo plazo de cualquier sociedad”. De modo que aquí sí parece relacionarse la integridad y la ética. Luego hace la introducción el profesor Joaquín Garralda, explicando la estructura del documento e insistiendo en la importancia de los comportamientos éticos.

En el segundo capítulo —tras el de Jensen—, el profesor japonés Iwao Taka sostiene: Integridad es actuar de acuerdo con un propósito y una filosofía recta que los ejecutivos han establecido para sus empresas, sin concesiones”. Dado que alude insistentemente a la confianza entre la empresa y la sociedad, hay que inferir que apuesta por la responsabilidad social, y por ende que no pierde de vista la ética.

Interesante es asimismo la aportación de Santiago Íñiguez en el tercer capítulo, y también puede apreciarse una alineación con convicciones éticas; pero lo que este experto enfoca oportunamente son las diferencias culturales entre países en la economía global. En el capítulo cuarto, Jesús Lizcano enfoca claramente los códigos éticos y la responsabilidad social de las empresas, aunque la verdad es que no menciona la palabra “integridad”. En el capítulo siguiente, Eugenia Bieto expone cómo influye la integridad en su cotidiana tarea directiva, y también apunta a valores y principios éticos coherentes.

En el sexto capítulo, Jordi Canals dice: El comportamiento íntegro da pleno valor a la palabra dada y a los compromisos asumidos”. Parece, sí, que enfoca especialmente la palabra dada, pero también sostiene: “Es correcto afirmar que la economía de libre mercado no puede funcionar sin criterios éticos”. Además, Canals parece percibir como un tándem la integridad y la profesionalidad, elementos que considera precisos para generar confianza.

En el séptimo y último capítulo, Isidro Fainé (presidente de la Fundación CEDE) subraya la importancia de la palabra dada, sin dejar de hacer referencia al “valor social de reunir las bases éticas de nuestra cultura”. A continuación, como decíamos párrafos atrás, se destaca en el texto la figura de Jensen, para insistir en sus pronunciamientos sobre la integridad, incluida su separación de la normativa ética y moral.

Cabe ciertamente preguntarse qué debemos interpretar por integridad; si debemos percibir esta fortaleza en sinergia con la ética y la moral, o si debemos percibirla como lo hace Jensen, premiado por ello en nuestro país. Al respecto y cuando, vía Google, preguntamos a Amazon por los “top books on integrity”, aparecen enseguida autores como Henry Cloud, Stephen Carter, John MacArthur, Barbara Killinger… Cloud, psicólogo y consultor en Liderazgo, dice por ejemplo que “Integrity is character, ethics, and morals. But it is also more…”. Apunta al desarrollo personal y profesional del individuo, a su capacidad de encarar problemas y realidades, a su solidez y confiabilidad, al alineamiento con valores trascendentes.

En el Oxford Dictionary puede leerse para integrity: “The quality of being honest and having strong moral principles; moral uprightness: He is known to be a man of integrity”.Parece alineado con lo que dice el de la RAE; en cambio, diríase que el modelo de Jensen, premiado por el IESE y la Fundación BBVA, destacado por la Fundación CEDE, resulta ciertamente particular.

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Autor: José Enebral Fernández
Enviado porEnebral51- 14/06/2013
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